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Cifras y Letrados

Por:

Carlos Pérez Vaquero

cpvaquero@lexnova.es

n El origen

Aunque muchos pueblos de la antigüedad como los caldeos, persas, egipcios o hebreos contaron con figuras semejantes a nuestros abogados e incluso llegaron a tener defensores caritativos que ayudaban a los pobres; fue en Grecia donde la abogacía alcanzó su verdadera entidad y el status de profesión.

Para obtener un veredicto favorable, los griegos se acostumbraron a acudir a juicio acompañados por un experto en oratoria, un maestro, a ser posible famoso, que se encargaría de convencer al Tribunal de su irreprochable inocencia mientras demostraba la pérfida maldad de su oponente, a todas luces culpable. Gracias a sus dotes de elocuencia, muchos oradores habían obtenido como recompensa diversos favores políticos hasta que uno de ellos, Antisoaes, puso precio a sus servicios y comenzó a cobrar en efectivo a sus clientes a cambio de prestarles asistencia. Lógicamente, esta costumbre se extendió a todos los oradores griegos y, desde entonces, ha sido práctica habitual lo de cobrar por defender.

Por aquella época, en Atenas se estableció también la primera escuela jurídica y dos de sus más renombrados estadistas destacaron igualmente en el ámbito de la abogacía: uno fue Solón, que redactó en el siglo VI a.C. la primera reglamentación de este oficio, aunando aspectos tanto jurídicos como religiosos en un solo Código; el otro fue Pericles, el gran político y estratega siempre ha sido considerado por la Historia como el primer abogado profesional.

En Roma, los llamados "patroni", "causidici" o "advocati", de donde procede nuestra actual denominación, continuaron ejerciendo una profesión que cada vez se especializaba más, por esa razón, en tiempos de Justiniano, el Digesto ya exigía estudiar durante cinco años y aprobar un examen final, oral, para poder ejercer; si el alumno superaba esta prueba, inscribía su nombre en una tablilla y entraba a formar parte del Orto o Collegium Togatorum, una corporación similar a nuestros actuales Colegios de Abogados. Vestido con la tradicional toga blanca, el nuevo letrado ya podía acudir al Foro con otros "togati" como Plinio, Craso, Hortensio o, el más famoso de todos, Cicerón. En cuanto a las mujeres, ejercieron sin problemas, igual que los patronos o los plebeyos, pero un hecho casi anecdótico les impidió trabajar en este oficio: durante la celebración de un juicio, una abogada llamada Caya Afrania molestó tanto al Pretor con sus encendidos alegatos que un Edicto prohibió el ejercicio de esta profesión a todas las mujeres.

Con la caída del Imperio Romano, la península ibérica se rigió por el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, un cuerpo de leyes común para visigodos e hispano-romanos que citaba expresamente a los que denominó voceros, personeros o defensores, por ejemplo, en la Ley Novena donde se reguló que "el pobre que litigase con un rico pudiese nombrar un defensor tan poderoso como éste".

Después de la invasión musulmana, otros textos legales de la Corona de Castilla, como el Fuero Viejo o el Fuero Real, volvieron a mencionar las funciones de los voceros; pero fue Alfonso X el Sabio quien otorgó a la abogacía la consideración de oficio público cuando estableció, en el Código de las Siete Partidas, las condiciones que debían reunir los abogados, sus derechos, deberes y honorarios. Mientras tanto, en la Corona de Aragón, las Cortes de Huesca aprobaron en 1247 el fuero "De advocatis" afirmando el principio de libre designación de abogado y, poco después, el "Vidal Mayor", obra del obispo Vidal de Canellas, describió cuáles eran los deberes de los abogados y la condena que se les impondría si, por ejemplo, prevaricaban.

Bien entrado el siglo XV, el consejero de los Reyes Católicos, Alonso Díaz de Montalvo, reglamentó la abogacía minuciosamente, pero esta compilación y las Ordenanzas de Abogados de 1495 complicaron el ejercicio de esta profesión de tal manera que fue cayendo en un continuo descrédito hasta el último cuarto del siglo XVI, cuando se establecieron en España los primeros Colegios de Abogados, en Zaragoza y Valladolid, como luego veremos con detalle.

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