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"El
legislador creativo"
A nuestro
legislador le gusta baremar, baremizar e incluso, rizando el rizo,
fijar la baremización, sea esto lo que sea.
Podría
haberse limitado a clasificar, valorar o establecer una serie de
baremos, que hubiera sido lo adecuado, pero el legislador demuestra
de vez en cuando una inusitada faceta creativa y se inventa palabras
que, aunque lo parezcan, no existen en castellano.
Luego veremos
más ejemplos de esta "creación
lingüística" pero primero conviene que diferenciemos
ésta de otras posibles situaciones.
Al tener que
dictar normas para regular cualquier aspecto de nuestra vida es
bastante comprensible que se escriba clinete donde quería
decirse cliente o amdinistración en lugar de
administración. Estos errores ortográficos han
provocado algunas frases tan curiosas como el Reglamento General de
Recasudación, el recocimiento de Derechos o el Tribunal de
Cunetas de la Comunidad de Madrid.
Se trata de meros
gazapos y suelen aclararse con correcciones de errores (si
falló el legislador) o de erratas (si el error provino del
Boletín que publicó la norma).
El problema surge
cuando estas correcciones no se producen, o peor aún, cuando
se dilatan en el tiempo... y el tiempo..., como una Orden de 29 de
noviembre de 1995 que se corrigió el 7 de mayo de 1999, apenas
tres años y seis meses después; o cuando resulta peor
el remedio que la enfermedad y el legislador se vuelve tan farragoso
como el 30 de noviembre de 1998 que publicó "la
corrección de erratas del Real Decreto 2116/1998, de 2 de
octubre, por el que se modifica el Real Decreto 509/1996, de 15 de
marzo, de desarrollo del Real Decreto-ley 11/1995, de 28 de
diciembre, etc.". Nada como hablar claro.
Dejando aparte
estos deslices, en muchas ocasiones el legislador no tiene más
remedio que emplear un lenguaje técnico si lo que pretende es
regular la calorización, el calibre de las satsumas, el arte
voracero o los agentes adrenérgicos, por poner cuatro
ejemplos. Son normas específicas que requieren,
lógicamente, un vocabulario también muy técnico.
En estos casos, el
legislador suele aprovechar estas disposiciones para desmelenarse
regulando las pruebas de socialización, la renovación
padronal, las forensías, las facilidades satelitales e,
incluso, el acxeleórmetro, un instrumento que, tengo que
reconocerlo, no sé qué medirá, pero me tiene
entusiasmado y lo utilizo en cuanto tengo ocasión:
¿Tendré leche en el acxeleórmetro?
Los eufemismos son
otro caso aparte.
Desde que
España es el Estado español y los porteros se
convirtieron en empleados de finca urbana, lo que puede decirse con
una palabra es señal inequívoca de que eso está
mal expresado. Hay que sustituirlo por algo más serio,
más denso y más rimbombante. Por eso el legislador
ideó un término para sustituir el difícil
concepto de multipropiedad por el recordable aprovechamiento por
turno de bienes inmuebles.
Fácil, ¿verdad?
¿Se imaginan
el escaparate de las inmobiliarias con un cartel que diga: Se vende
casa en régimen de aprovechamiento por turno de bienes
inmuebles? O lo escriben muy pequeño o el letrero saldrá
en la próxima foto del meteosat cuando den el mapa del tiempo
por la tele.
Por cierto,
¿he dicho cartel? Lo siento, en realidad quería decir
poster o... mejor aún: affiche, que debe ser un cartel
todavía más fino.
Seamos serios.
A todos los
legisladores les encanta marearnos la perdiz y si pueden decir
República Helénica buena gana de escribir Grecia. De
esta forma, el legislador no inicia las cosas, las inicializa e
incluso establece un tiempo de reinicialización. Y el que
actúa es actuador; el que obtiene, obtentor; y la acción
de regular se dice regularización e incluso regularidación.
¿Dónde
vamos a llegar hablando de basicidad total, receptibilidad de los
recursos, recogicidad mecanizada, adecuamiento de los procesos,
causatividad, centrigar o computacional por citar algunos casos?
Y si
titulación era una palabra demasiado sencilla, el legislador
creó titulización, que debe ser más adecuada si
tenemos en cuenta que hasta existe una Ley de 1992 que la regula.
Como estos
ejemplos podríamos citar muchísimos otros como
obligatoriedad en lugar de obligación; valorización por
valoración; voluntariedad por voluntad; adicionabilidad por
adición, etc.
Hasta en el
convenio de pesca con Estados Unidos hablamos de abordamiento de
buques olvidando que en castellano esa acción se denomina
abordaje. ¡Al abordamiento, mis valientes! ¡Si hasta
escribe Wáshington con acento!
En otro momento
hablaremos de la jurisprudencia donde reina desde hace siglos el
periodo subjuntivo, la forma pasiva y términos como la
accionabilidad o la administrativización; por ahora, lo
último en creación legislativa es el concepto de I+E.
Si ya
conocíamos el significado del I+D, investigación y
desarrollo, una Orden del pasado mes de julio regula el I+E como los
proyectos empresariales promocionados y apoyados por una
corporación local o Comunidad Autónoma con el fin de
crear actividad económica y generar puestos de trabajo en su
ámbito territorial. Es decir, resumiendo, algo así como
incentivos para el empleo.
Aparte de todos
estos nuevos artificios, el legislador se obceca con algunas
construcciones semánticas poco recomendadas. La más
habitual de todas se produce cuando emplea el adjetivo de identidad
mismo como pronombre deíctico. Por ejemplo: los agricultores
podrán utilizar el material vegetal producido en sus propias
fincas para su uso en las mismas, sin necesidad de autorización
del obtentor de la variedad utilizada o de realizar
contribución económica al mismo.
Debería
decirse para su uso en ellas y realizar su contribución
económica, respectivamente.
Con la
próxima legislatura, esperemos que los legisladores adquieran
la cartilla de Rubio o que, por lo menos, cuiden un poco más
nuestro idioma. Si no es así, como dirían ellos a su
estilo, prometualizo escriturizarlo en otro artículo. |